Fatmé y Mehmed

Bulgaria es un país conformado por inmensas minorías. Los pomacos suelen ser los que mayor interés despiertan entre aquellos que tratan de conocer el país en su complejidad, más allá de los lugares turísticos, las personas comunes y los discursos oficiales. Se trata de una minoría de eslavos búlgaros – entre 150.000 y 250.000 – que durante el dominio otomano de los Balcanes fueron convertidos al Islam y que actualmente habitan en Bulgaria, noreste de Grecia y noroeste de Turquía.

La mayoría de los pomacos búlgaros viven en los legendarios montes Rodopes, al sur del país. El hecho de habitar zonas remotas, su condición de aislamiento, el florido y colorido vestuario de las mujeres y, sobre todo, las costumbres y rituales centenarios que en determinadas aldeas aún se conservan, conceden a los pomacos un aura mística y extravagante. De entre todas, las exclusivas bodas que se celebran cada otoño e invierno en el pueblo de Ribnovo – habitado solo por pomacos – son la tradición más popular y retratada. Una tradición curiosamente pagana dentro de una comunidad conservadora y profundamente ligada al Islam.

Ribnovo está situado en la parte oriental de los Rodope, a 1152 metros de altura y a unos 70 kilómetros al sureste de Blagoevgrad, capital de la provincia homónima y sede de una universidad en la que, de un tiempo a esta parte, algunos jóvenes pomacos, como en el caso de Fatmé y Mehmed, se desplazan para estudiar o trabajar. La tierra cultivable alrededor de Ribnovo es limitada y el tejido industrial y económico bastante escaso, motivo por el que, además de a Blagoevgrad, Plovdiv o Sofia, muchos jóvenes y adultos marchan a trabajar durante la primavera y el verano al extranjero. El papel que desempeñan las mujeres durante esta ausencia, unido a su importante labor en las costumbres y la celebración de las tradiciones, advierten – a pesar del mayor recato impuesto socialmente – el funcionamiento de una destacada organización matriarcal en esta comunidad.

Las festividades nupciales se extienden durante varios días repartidos en dos fines de semanas: uno para la pedida de mano y los agasajos por parte de las familias de los novios y el segundo cuando tienen lugar los banquetes y la ceremonia, que termina cuando a la novia se la viste con telas y tejidos tradicionales y se la prepara con un maquillaje centenario consistente en una base blanca con adornos y lentejuelas de varios colores. Cada diseño en particular es único para la comunidad a la que pertenece.

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