Alojamiento temporal
A pesar de ser históricamente un lugar de paso y cruce de culturas, Bulgaria no estaba acostumbrada a acoger extranjeros, menos aún si estos eran musulmanes. Entre 1990 y 2013, el país balcánico recibió una media de 900 solicitudes de asilo al año. Sin embargo, a finales de 2013, más de 11.000 personas fueron sorprendidas atravesando irregularmente los escarpados hayedos que separan Bulgaria y Turquía. Comparado con otros países, la cifra parece insignificante, pero fue más que suficiente para exponer la ineficacia del sistema de asilo búlgaro.
En lugar de esperanza, estas personas se toparon de bruces con la triste realidad de los “campos temporales de acogida” donde malvivían a la espera de que las autoridades búlgaras y europeas decidiesen qué hacer con ellos.
El de Harmanli es el mayor de los tres Centros de Alojamiento Temporal que el gobierno búlgaro habilitó en 2013 para atajar el flujo de miles de personas que huyeron de la guerra en su país e intentaron entrar en la Unión Europea vía Bulgaria. Se trata de una antigua base militar abandonada y prácticamente en ruinas que pocos meses antes aún se encontraba rodeada de fango y edificios hediondos, parcialmente destruidos y escuálidos en los que la gente se encontraba hacinada en pequeños cuartos completamente vacíos, sin puertas ni ventanas y desprovistos de servicios básicos como agua potable, calefacción o instalación eléctrica.
Precintado y vigilado en todo momento por la policía, sin posibilidad alguna de salir del recinto y en un permanente estado de incertidumbre y miseria, las condiciones de vida por aquel entonces eran en ocasiones más propias de un centro de retención que de un campo de refugiados. “¿Por qué Bulgaria es parte de la Unión Europea? ¡No somos perros!”, clamaban muchos de los solicitantes de asilo.
Durante los meses que tuvieron que estar en Harmanli, las horas para los solicitantes de asilo pasaban muy lentas y la principal ocupación consistía en matar el tiempo antes de que el tiempo hiciera lo propio con ellos.