L’Aquila, una oportunidad desperdiciada

La madrugada del 6 de abril del 2009, a las 3.32, un terremoto de magnitud 6.3 en la escala de Ritcher devastó la ciudad italiana de L’Aquila, capital de la región central de Abruzzo. Murieron 309 personas, más de 1.600 resultaron heridas y prácticamente toda la población – casi 70.000 – fue evacuada y desplazada a campamentos instalados en los alrededores de la ciudad o a albergues de ciudades del interior y de la costa adriática. 

La destrucción del patrimonio histórico-artístico – el sexto más importante de toda Italia – supuso una tragedia para la ciudad. Sin embargo, los aquilanos tuvieron de repente que hacer frente a una nueva y cruda realidad marcada, en muchos casos, por la pérdida de seres queridos y, en todos, por la pérdida de la memoria e identidad colectiva, así como la destrucción del tejido social y económico. La ciudad se ha expandido, vecinos y amigos se han distanciado y los lugares donde comprar y encontrarse se han trasladado a los muchos centros comerciales construidos en las afueras.

En 2014, tras varios años de juicios, las obras de reconstrucción habían apenas comenzado y se estimaba que para 2019 las obras estuvieran acabadas. Se cumplía el quinto aniversario con el centro de L’Aquila cerrado, vacío, custodiado por militares y tan solo transitado por los obreros. 

Diez años, seis primeros ministros y dos alcaldes después de aquel fatal suceso, la ciudad continúa en suspenso, enfrascada en una lenta reconstrucción emocional, social y urbanística que reflejan una década de desasosiego en la política italiana y simbolizan la corrupción, la falta de previsión y la inoperancia burocrática instaladas en las instituciones.

A día de hoy, mientras una parte importante de los edificios privados del centro histórico están restaurados, pero vacíos, la mayoría de las iglesias y de los edificios públicos – exceptuando algunos de los más importantes y emblemáticos – continúan en ruinas a la espera de ser demolidos o reparados.

Aprovechando la conmemoración del décimo aniversario del terremoto fueron varios los negocios que se inauguraron y las obras que se iniciaron en el centro histórico. Durante unos días, por algunas de las calles principales pudieron verse multitud de personas y, además del polvo de las obras, podía respirarse algo de la vida y del ambiente que atesoraba. Las instituciones locales aprovecharon esta fecha para proyectar la imagen de una L’Aquila que renace y que quiere convertirse en una ciudad segura, inteligente y principal polo de conocimiento del sur de Italia – tanto por las estrictas medidas antisísmicas de sus nuevos edificios como por su apuesta por las tecnologías –. Pretenden que el contrapunto a la depresión y a la creciente despoblación sea la esperanza de la cultura.

Sin embargo, el pasado el 6 de abril, las grúas continúan colmando el cielo de la ciudad y los edificios restaurados y las plazas siguen deshabitadas. Los escasos comerciantes del centro y las decenas de asociaciones surgidas después del sisma no se cansan de denunciar que la realidad que viven a día de hoy los habitantes de L’Aquila es otra bien diferente. También durante los días previos al décimo aniversario algunos de estos colectivos organizaron el evento Fatti di Memoria. A través de varias conferencias, exposiciones y proyecciones, expusieron su experiencia y numerosos datos que alimentan la frustración y resignación de toda una ciudad ante la lenta reconstrucción social que la especulación, el desempleo y las trabas administrativas provocan. 

Pasó más de una década y, cada año, cuando los focos se apagan y la atención mediática desaparece, la ciudad vuelve a estar vacía y sin alma. L´Aquila ha sido una oportunidad perdida para debatir entre toda la población las bases sobre las que establecer una nueva identidad y, además de materialmente, reconstruir socialmente la ciudad.

WORK IN PROGRESS.

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