«Ellos no quieren quedarse y nosotros no los queremos»
Publicado en La Vanguardia.
Pasadas las ocho de la mañana la bocina del tren anuncia un día más la llegada del primer convoy a la localidad de Tabanovce, al norte de Macedonia. Desde hace tres meses esta antigua y desangelada estación, a 500 metros de la frontera con
Serbia, ha recobrado parte de la actividad que tuvo bajo la ex Yugoslavia y se ha convertido en lugar de tránsito obligado para gran parte de los 200.000 refugiados y emigrantes de Oriente Medio y África –en su mayoría sirios y afganos– que, según el gobierno local, han recorrido en lo que va de año los 200 kilómetros que separan esta parada de la localidad de Gevgelija, en la frontera sur con Grecia.
De los vagones comienza a salir poco a poco una turba silenciosa de cientos de personas, en ocasiones miles, cargadas de bolsas, mochilas e incertidumbre. “¿Hacia dónde es mejor que vaya ahora? ¿Hungría o Croacia?”, pregunta Bashir, un joven somalí que viaja con su hermano y cuñada, mientras intenta, sin éxito, avisar a alguien de que su equipaje se quedó junto a un amigo en el control de Gevgelija. A pesar del cansancio y la confusión, una leve expresión de alivio y una tímida sonrisa se dibuja en sus rostros al divisar el primer pueblo de Serbia, último escollo antes de alcanzar las puertas de su destino.
“Quiero llegar a Alemania, Suecia o algún otro país de la UE donde podamos trabajar y estar seguros”. Al igual que él, la mayoría se dirige a pie hacia el sendero de tierra y fango que lleva al campamento situado a un kilómetro de Miratovac. Es el caso de Lora, una kurda de 19 años de la ciudad siria de Al Qamisli que en dos meses ha recorrido con su familia casi 3.000 kilómetros en furgoneta, barca, tren o caminando. Estudiaba Ingeniería Civil en Alepo antes de que la guerra lo cambiara todo. “La situación en nuestro país es cada vez más peligrosa y nuestras vidas están paralizadas”, lamenta mientras se echa a las espaldas una gran mochila. Entre los once miembros de su familia está su hermana Sultana, una niña de 12 años con discapacidad a la que su padre, hermano y cuñado transportan en un plástico azul con la ayuda de tres jóvenes que se han cruzado en el tren. “Tiene esclerosis y nunca ha caminado. Vamos a Alemania. En Siria no puede ser tratada”.
Al comenzar el camino, un anciano lugareño que despacha cigarros y chucherías al triple del precio normal les vende por 60 euros la carretilla donde expone la mercancía. El resto de los tres kilómetros que les quedan por delante estarán marcados por el sol intenso. “Esta noche la queremos pasar en Belgrado y de ahí ir a Croacia. Nos han dicho que en Hungría las cosas están mal”, comenta Lora antes de llegar exhaustos al campo de Miratovac.
Tras un breve avituallamiento y un primer registro, la familia es transportada a un centro de acogida estatal a siete kilómetros de distancia, en la localidad de Presevo, donde, tras largas colas a altas temperaturas, recibirán sus documentos temporales. A la salida esperan decenas de autobuses que un tiempo atrás conducían a Belgrado o al confín con Hungría pero que ahora, tras el cierre de las fronteras y el endurecimiento de la ley húngara en inmigración, se dirigen al precio de 25 euros por persona a Sid, en la frontera con Croacia.
Ante este panorama Croacia amenazó con cerrar sus puestos fronterizos con Serbia. Este hecho, finalmente consumado, sólo ha tensado la situación y amenaza conprovocar un efecto dominó que deje atrapados a miles de refugiados en tierra de nadie. Desde el comienzo del éxodo masivo a través de los Balcanes, el Gobierno serbio, a sabiendas de que los emigrantes no quieren quedarse y el país les sirve de mero tránsito, ha seguido una política populista de “Bienvenida al refugiado”. Aún son recientes las imágenes del primer ministro serbio, Aleksandar Vucic, acercándose a los parques que rodean la estación de Belgrado para hacerse una foto con las miles de personas que dormían a la intemperie y declarando que “la valla construida en Hungría es un horror y la sola idea de construir un muro con Macedonia es vergonzosa”. Sin embargo, tras las posturas de Hungría y Croacia y la falta de acuerdo de los países de la UE, nadie descarta que en cualquier momento Serbia decida cambiar de parecer y aplicar una serie de medidas entre las que se encuentre cerrar sus fronteras.
“Gano 250 euros al mes. ¡Yo también quiero ir a Alemania!”, exclama Ismail, natural de Miratovac y conductor de un autobús que transporta a la gente hasta Presevo. “Me pregunto qué harán aquí si finalmente no queda otro remedio que acogerlos. Ellos no quieren quedarse y nosotros no los queremos. De no ponerse de acuerdo los países europeos esto será una catástrofe”, augura. Como sostiene a pie de campo Vesna Simic, del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados para Serbia y Montenegro, esta incertidumbre ha propiciado que mucha gente que debería ir a Presevo para recoger sus papeles y salir en autobuses oficiales, opten por taxis y autobuses privados que los llevan por un precio más elevado y sin garantía. “Desde hace tiempo el número registrado en el campo de Miratovac y en Presevo no coinciden. Están aflorando pequeñas mafias que pueden hacer con los refugiados lo que quieran, los tienen en sus manos”, denuncia.
Pasadas las siete de la tarde, cuando el sol está presto a esconderse, Valon Arefi (29) y Agon Ajenti (28) suelen encontrarse en el área que rodea el centro de acogida de Presevo, situado lejos del centro de la localidad, pero convertido los últimos meses en punto neurálgico; lugar en el que gentes locales y migrantes se entremezclan alrededor de bares, restaurantes de comida rápida y decenas de autobuses. “La situación es imprevisible. A veces de Gevgelija llega sólo un tren por la mañana y de noche llega el segundo. Al día siguiente, cada dos horas. Nunca se sabe. Por eso, debemos estar preparados para actuar en cualquier momento”, comenta Valon mientras observa cómo llegan más autobuses de Miratovac repletos de personas.
Valon y Agon son voluntarios en la organización humanitaria Youth for Refugees y, entre sus muchas tareas, ofrecen apoyo logístico y ayuda de primera necesidad a los recién llegados a Miratovac. Entienden por lo que pasan los refugiados durante su odisea porque hace quince años ellos mismos, al igual que buena parte de esta población de 5.000 habitantes (90% albaneses), tuvieron que huir de su casa durante la guerra de Kosovo. “Hace no tanto tiempo Agon tuvo que recorrer en sentido contrario el mismo camino que los refugiados atraviesan cada día entre la estación de Tabanovce y Miratovac. Yo me refugié tres meses en Tirana hasta que fue seguro volver a Presevo. Hacemos esta labor porque sentimos la obligación moral de prestarle ayuda a esta gente”, explica Valon mientras el primer autobús aparca frente a nosotros. Las puertas se abren e ipso facto decenas de jóvenes locales se abalanzan sobre la gente que baja para ofrecerles viajar en un taxi privado desde 100 euros por persona. El cansancio, los hijos y la larga espera de noche hacen que muchos acepten. Por cada uno, los jóvenes recibirán cinco euros. “Aunque no me gusta, entiendo la situación. La economía en Presevo está destrozada. No hay trabajo y los jóvenes que van fuera a estudiar no vuelven. Las pensiones son ridículas, a veces no dan ni para lo básico. No me gusta, pero entiendo lo que pasa”, dice Valon con resignación.
Mientras tanto Lora, Sultana y el resto de la familia aguardan a que su autobús parta rumbo a Sid. Cuando lleguen, las fronteras estarán cerradas o a punto, y en los próximos días algunos lograran pasar y el resto esperará su oportunidad, de nuevo, en otra linde balcánica. Dos días más tarde recibo un mensaje. Es Lora: “Hemos tenido suerte, estamos en Alemania”.