El limbo europeo de los refugiados sirios
“En Estambul hay mucho sirio por la calle y no es fácil, pero estábamos mejor que aquí. Allí el problema es la falta de trabajo, pero eres libre, puedes pasear de un lado a otro e intentar ganarte el pan de alguna manera. Las de aquí no son condiciones para una vida digna”, dice Yaser Fares Fatah, un kurdo de Siria de 29 años que vivió dos años en Guinea Ecuatorial y se defiende con el idioma español. Yaser llegó a finales del pasado mes de noviembre al campamento de la localidad búlgara de Harmanli, situado a 50 kilómetros de la frontera con Turquía y que a día de hoy acoge algo más de 1.400 refugiados, más de una cuarta parte de ellos niños y en su gran mayoría de nacionalidad siria.
El de Harmanli es el mayor y reciente de los tres Centros de Alojamiento Temporal que el gobierno búlgaro habilitó en los últimos seis meses para atajar el flujo de miles de personas que huyeron de la guerra en su país y ahora intentan entrar en la Unión Europea vía Bulgaria. Se trata de una antigua base militar abandonada y prácticamente en ruinas que hace menos de dos meses aún se encontraba rodeada de fango y edificios hediondos, parcialmente destruidos y escuálidos en los que la gente malvivía, en algunos casos aún lo hacen, hacinada en pequeños cuartos completamente vacíos, sin puertas ni ventanas y desprovistos de servicios básicos como agua potable, calefacción o instalación eléctrica.
Atraídos por la promesa de una vida mejor y menos hostil en Europa, y con la idea de adquirir los papeles que les permitan desplazarse libremente a otros países, decenas de afganos, iraquíes y principalmente sirios atraviesan a diario la frontera de manera ilegal. Sin embargo, pronto se dan cuenta de que han ido a dar con una realidad bien diferente. “En Estambúl todo el mundo nos decía que Bulgaria está muy bien, que pertenece a la Unión Europea y que la frontera está abierta si quieres ir a cualquier otro país. ¿Por qué Bulgaria es parte de la Unión Europea? ¡No somos perros!, se lamenta Yaser tumbando en su colchón y envuelto en mantas para protegerse del frío que entra por el enorme hueco de la ventana.
Actualmente existen en toda Bulgaria alrededor de 11.000 solicitantes de asilo y se espera la llegada de miles más en los próximos meses. Si se compara con el más de medio millón de refugiados de Turquía y Jordania o los más de 800.000 de Líbano, el número parece insignificante. Sin embargo, es más que suficiente para dejar en evidencia la ineficacia del sistema de asilo del país balcánico. Hasta ahora, la respuesta de las autoridades búlgaras al aumento de la entrada que se viene dando desde julio ha sido calificada por estas asociaciones civiles y ONG´s como totalmente inadecuada.
Según Stuart Zimble, actualmente coordinador del proyecto de Médicos Sin Fronteras en Harmanli, la situación es crítica”. Supuestamente, la ONG internacional mantiene proyectos solo en países del denominado Tercer Mundo, pero después de lo visto, han decidido quedarse. “De momento estamos acomodando la primera planta de uno de los edificios en ruinas. Tenemos un doctor, una enfermera y un traductor que atienden a alrededor de treinta personas al día. Esperamos contar con más medios y contratar más gente para que ese número pueda verse incrementado próximamente”, comentaba Zimble.
Siendo el país más pobre de la Unión Europea y atrapado en un laberinto político del que lleva más de diez meses sin poder salir, Bulgaria no parece ser la solución o el medio que se pensaron y les prometieron a los desplazados. Desde el pasado mes de febrero, en Bulgaria se ha instalado la inestabilidad política. Los búlgaros han tenido tres gobiernos diferentes y son ya casi seis meses de protestas a diario pidiendo la dimisión del gobierno formado por BSP, los socialistas y el DPS, el partido de la minoría étnica turca.
Alejados del proceso político y testigos al mismo tiempo de la corrupción generalizada y de su propio empobrecimiento, una parte de la sociedad búlgara ha despertado – o parece hacerlo –, se intenta organizar y se ha echado a la calle.
Para colmo y desdicha de los refugiados, el frágil y fino alambre que sostiene este gobierno depende de la formación política ATAKA, un partido ultranacionalista y xenófobo que, aprovechando la crisis económica y política interna, se alzó con el 7% de losvotos en las últimas elecciones del pasado junio, convirtiéndose así en una pieza clave para la formación del Ejecutivo. Desde que el tema de los refugiados apareciera en los medios en setiembre, han pedido reiteradamente la dimisión del ministro del Interior, Svetlin Yovchev, y lanzado una campaña de miedo y acoso al refugiado que ha calado hondo en una parte de la sociedad. Distintos episodios de violencia xenófoba se han dado en Sofía en los últimos meses. Los conflictos raciales en la capital se vienen sucediendo y jóvenes de extrema derecha no han dudado en patrullar las calles, ataviados con brazaletes con la bandera búlgara, pidiendo documentación y sembrando el pánico entre los extranjeros.
Mientras tanto, en el campamento de Harmanli la gente sigue atrapada en el limbo de la burocracia. Precintado y vigilado en todo momento por la Policía, sin posibilidad alguna de salir del recinto y en un permanente estado de incertidumbre y miseria, las condiciones de vida en Harmanli son en la mayoría de casos infrahumanas, en ocasiones más propias de un centro de retención que de un campo de refugiados. El registro y la atención a estas personas será una carrera al sprint en la que Bulgaria y Bruselas tendrán que poner lo mejor de sí y juntar fuerzas si quieren evitar una crisis humanitaria en plena Unión Europea. De momento, el tiempo no está de su lado.