En tránsito
Atraídos por la idea de una vida mejor y menos hostil, y convencidos de obtener la documentación que les permita viajar y establecerse en otros países de Europa Occidental, miles de familias y jóvenes pusieron en riesgo su integridad física a cambio de alcanzar su objetivo de entrar en la Unión Europea a través de los Balcanes.
Sin embargo, la realidad que descubren es distinta a la que tenían en mente. Encontraron que Bulgaria y los Balcanes, además de convertirse en su particular purgatorio, son países pobres y desiguales en los que buena parte de la gente común sobrevive con salarios y pensiones muy bajas, y donde las minorías y colectivos más desfavorecidos viven al filo de la navaja y, en no pocas ocasiones, completamente condenados al olvido y el ostracismo.
En antiguas estaciones y áreas fronterizas se recobró parte de la actividad que tuvieron bajo la ex Yugoslavia y se convirtieron en lugar de tránsito obligado para gran parte de los 250.000 refugiados y emigrantes de Oriente Medio y África –en su mayoría sirios y afganos– que, según los gobiernos locales, recorrieron en 2015 los cientos de kilómetros que separan el sur de Serbia de la localidad de Gevgelija, en la frontera entre Macedonia y Grecia.
Cada día, de los vagones del tren salía una turba silenciosa de cientos de personas, en ocasiones miles, cargadas de bolsas, mochilas e incertidumbre. De ahí se dirigían a Belgrado, donde acampaban en medio de cualquier parque, y de allí tomaban autobuses que les llevaron a Hungría o Croacia. El cierre de las fronteras externas de la Unión Europea con Bosnia & Herzegovina y Serbia atrapó en medio de su odisea a miles de personas en lugares donde no querían quedarse y donde tampoco eran bien recibidos. Allí esperaban su oportunidad, de nuevo, en otra linde balcánica.