Debido a su situación geográfica, Bulgaria ha sido históricamente un importante lugar de tránsito comercial y cruce de culturas. Atesora una longeva, retorcida y azarosa historia, primero como Imperio, con su expansión y sus sueños de grandeza, y después como víctima, dominada durante siglos por dos Imperios – Bizantino y Otomano – y bajo el abrigo de la URSS durante gran parte de la segunda mitad del siglo XX.

A día de hoy, pasados más de treinta años desde la caída del telón de acero, Bulgaria es el país más pobre de la Unión Europea, compuesto por inmensas minorías. Por todo ello, cualquier propuesta narrativa o visual acerca del país balcánico debería de intentar responder a una difícil cuestión por encima de todas, ¿qué es Bulgaria?

El país continúa dividido entre los que quieren olvidar el pasado y adherirse a la economía de mercado y las reglas de Occidente, y aquellos que se abrazan a la nostalgia de otra época y forma de entender la vida. Una sociedad en suspenso, regida por dudosos hombres de negocios, endémicamente desigual, con numerosas regiones despobladas y cada vez más inhóspitas.

En la ciudad, modernos locales y avenidas vivamente iluminadas se entremezclan con las chimeneas de las antiguas centrales químicas y térmicas y las angostas y lúgubres calles que aparentan calma.

En el entorno rural todo fluye a un ritmo más lento. Las tradiciones y los rituales se conservan y en determinados lugares aún custodian su presente.

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